Si se demuestra que hubo escuchas ilegales, serán ilegales las pruebas, se anularán partes sustanciales del proceso, y el PP clavará el estoque
La oposición encontró esta semana nada menos que tres oportunidades para darle el golpe de gracia a Zapatero. La primera fue el barómetro del CIS: nunca hubo un gobierno peor valorado. Pero el Partido Popular estaba ese día enredado en el derbi madrileño y no tuvo agilidad ni perspectiva para explotar ese filón. A la hora en que el instituto de opinión proclamaba a Rajoy ganador en intención de voto, Rajoy tenía bastante con ganar la intención de sus barones.
La segunda fue el giro dramático del Alakrana. El primer impulso del PP ha sido saltar a la yugular del Gobierno: Soraya Sáenz de Santamaría pronunció rápidamente la palabra “debilidad”. A algunas intervenciones públicas sólo les faltó comparar la valentía de Perejil con la timidez del Índico. Pero no se pudo continuar la ofensiva, porque al día siguiente, ayer mismo, la réplica vino de dentro: Alberto Núñez Feijóo utilizó la cabeza, rompió la línea argumental de Madrid y pidió apoyo incondicional al Gobierno mientras dure el secuestro.
La tercera es tan prometedora, que necesito presentarla al estilo de los espectáculos. Señoras y señores, ante ustedes la batalla del siglo; el descubrimiento que, en la intención del PP, acabará con Rubalcaba y Zapatero; la prueba de que vivimos en un Estado policial. Me refiero a Sitel: Sistema Integrado de Interceptación de Telecomunicaciones. Detrás de ese nombre se esconde la tecnología policial más avanzada, pero también la sombra de un uso que, según quien hable de él, se puede presentar como instrumento de máxima eficacia contra el delito o como medio de espionaje político. La verdad es que Sitel produce miedo. Es un monstruo capaz de captar 1.500 conversaciones simultáneas. Lee los SMS. Entra en correos electrónicos. Puede escuchar y seguir a todos los ciudadanos del país. Es un arma de un poder nunca visto en manos del Estado. Es, al fin, la práctica de la ensoñación orwelliana del ojo que todo lo ve. La única garantía es la eterna de las escuchas: nada se puede hacer sin autorización judicial. La denuncia del PP consiste ahora mismo en lanzar la sospecha. El paso siguiente es reunir pruebas para cargarse al Gobierno.
Pero no todo es tan decente. ¿Por qué el PP descubre ese monstruo precisamente ahora, cuando ha sido Rajoy quien lo compró? ¿Por qué tardó más de seis años en sacarlo a la luz? Por una razón práctica y otra grosera. La práctica es que puede ser la prueba que dé la razón a Dolores de Cospedal en su veraniega denuncia de la persecución policial. La razón grosera es Gürtel: si se demuestra que hubo escuchas ilegales, serán ilegales las pruebas, se anularán partes sustanciales del proceso, y el PP clavará el estoque: Zapatero y Rubalcaba han utilizado a la policía para espiar a la oposición.
Emocionante, ¿verdad? Sin duda. Lo malo es el calibre del arma, que puede poner patas arriba al Estado. ¿Podrían argumentar lo mismo los terroristas? ¿Y los corruptos? ¿Y los narcotraficantes? Sigan atentos a esta película, que promete emociones sin fin.
La calle
Para un político en tiempo de crisis, es arriesgadísimo salir a la calle. Se puede encontrar todo tipo de imprecaciones. A Manuel Cobo le llamaron “sinvergüenza”. A los ministros el ciudadano anónimo les pregunta por qué no dimiten. Y un celebrado dirigente de la oposición observó este cambio de interpelaciones: hace unas semanas le decían “hay que dar más caña a Zapatero”; ahora le abroncan: “No robéis tanto”.
Las listas
Cuando Rajoy advirtió que él hace las listas electorales, sembró de intriga los encuentros de sus barones. ¿En quién estará pensando? Se hacen quinielas. Se repite el chascarrillo: el que se mueva no sale en la lista. Siempre se termina en el célebre dúo que ayer se besó con tanta frialdad: Esperanza Aguirre y el alcalde de Madrid. Y salvo rectificación urgente, uno de los dos no repetirá.
El talismán
Rodríguez Zapatero tiene puestas todas sus esperanzas de recuperación en la presidencia europea. En estos casos es muy ilustrativo mirar los archivos. Cuando Aznar comenzó su periodo de presidente de turno, tenía una ventaja de veinte puntos sobre los socialistas. Seis meses después, al terminar mandato, la diferencia se había reducido a dos míseros puntos. Y es que la gloria exterior no siempre es sinónimo de éxito interior.
Fernando Ónega.
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Al señor Onega se le olvida pensar que ¿qué `podríamos pensar los ciudadanos honestos con un Sitel que no nos garantiza el derecho fundamental a nuestra privacidad?